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25 abr SUMERGIRSE EN EL MUNDO DE BICKFORD

Hay un macrocosmo y un microcosmo y

si eres disléxico como yo,

a veces no puedes encontrar

la diferencia.

Bruce Bickford

Sumergirse en el mundo de Bruce Bickford no es algo fácil. Interpretar sus visiones, lo es aún menos. Prometheus’s Garden es un viaje líquido, donde el cuerpo del espectador se convierte en plastilina, sintiéndose obligado a dejarse llevar por una metamorfosis constante que convierte monstruos en piedras, paisajes en hombres, ojos en mundos. Todo es en una constante trasformación que recuerda el famoso concepto atribuido a Heráclito, del Pantha Rei, todo fluye, todo se transforma.

Del mismo modo que la filosofía de Heráclito se basa en el concepto de devenir, y de cambio incesante como fundamento del todo, Bruce Bickford construye sus propios mundos, mundos en los que todas y cada una de las piezas se transforman en un proceso constante de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa.

Las visiones de Bickford recuerdan también a otro fundamento clave de la filosofía de Heráclito: La unidad de los contrarios. Y así de una piedra nace un árbol, de un monstruo una bella mujer, del mar el cielo, en un proceso incesante se da vida a lo que es la verdadera naturaleza del mundo, en el que no puede existir agua sin fuego, luz sin sombras. Entre contrarios se genera algo parecido a una lucha. Una dualidad que en superficie genera una cruenta batalla, pero que, una vez se profundiza, es manifestación de armonía, según el filósofo griego.

Es como si Bickford, haya conseguido dar vida y reproducir, en Prometheus’s Garden, lo que Heráclito argumentó en sus teorías: esa lucha constante entre opuestos, que da vida a una realidad en movimiento, nunca igual a sí misma. Aunque quizás sea otra la clave; Bruce Bickford es, probablemente, el animador más subestimado de la contemporaneidad. Debe su subterránea fama a Frank Zappa, que apostó por él como mecenas y fotógrafo en sus primeras creaciones.

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Muchas veces la tecnología no puede con la fantasía y la imaginación y este hombre ha demostrado más que nadie cómo la mente puede ser superior a cualquier máquina. Reproducir sus mundos es parar el tiempo con stop-motion, y una vez más los contrarios se unen para generar un Todo. Mundos paralelos hechos de plastilina en constante movimiento que debe parar para ser inmortalizada en imágenes. Ésta es la técnica que permitió al artista expresar su Yo mediante el vídeo y que, como creador incansable, sigue utilizando en su producción y reproducción de mundos.

Sin embargo su constancia y sus diferentes visiones no le han permitido parar para juntar la cantidad de material que desde los 70 ha sido capaz de generar. Bickford renunció a mercantilizar su arte para encerrarse en su casa familiar y seguir con su hacer y deshacer, crear y destruir.

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Sus trabajos son infinitos por tiempo y genialidad y sus ideas peregrinas dictan las coordenadas de una dimensión paralela donde microcosmos y macrocosmos se mezclan con una fluidez asombrosa.

La mutación estalla constantemente, siendo imposible para el espectador agarrarse a sus percepciones y adquirir seguridad; no se sabe qué viene después, ni lo que fue antes. En este universo domina la relatividad de las dimensiones y es todo al mismo tiempo fascinante y obscuro, atractivo y espantoso. El sentido del peligro es el pilar de sus visiones y a menudo esto se materializa en imágenes grotescas e incluso molestas.

El título de la obra permite entender la inspiración que ha guiado a este animador en su único mediometraje completo. Recuerda al mito de Prometeo, benévolo titán, origen de la condición existencial humana, y celebrado por ser el creador de los primeros seres humanos, moldeados mediante arcilla.

En ese jardín de plastilina, Bickford reproduce el mito de la creación: la tierra y la materia impulsan vitalidad, creando pequeños seres y sensaciones desde los que surgirán otros fabulosos personajes en constante trasformación, esculpiendo cada uno de ellos en cada estadio de la metamorfosis de la realidad, desde lo microscópico a la grandeza natural.

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Al ver ese vídeo en seguida pensé en otro gran artista del s.XX, al que tengo mucho cariño y respeto: el holandés Escher y sus obras sobre la metamorfosis (probablemente no muchos se han fijado que justo en Madrid, en la Calle Conde Romanones, hay una fachada de un edificio inspirada en él). Ambos siguen el principio de la metamorfosis como clave de la evolución y de la creación, aunque hay una distinción fundamental entre ambos: Bickford no sigue ninguna lógica en sus mutaciones dejándose llevar por las emociones, mientras Escher se basa en un orden claro que pasa de lo geométrico a lo figurativo, de lo inorgánico a lo orgánico.

Para concluir, considero que Bickford es, sin duda, un artista insólito de la contemporaneidad; pensador original externo a las lógicas consumistas de las artes e iconoclasta por vocación.

Un artista entregado a la investigación profunda y constante de las conexiones entre energía y materia que merece más atención y respeto. Aunque probablemente, a este creador tan peculiar, todo esto le daría exactamente igual.

Escrito por Christian M.

 

 

Alejandro Meitín
Alejandro Meitín
meitin@curadormag.com